Por Francisco
Chaviano González
“ONU y OEA celebran
pacto de Colombia sobre drogas” anuncia un titular de El Nuevo Herald publicado
el 18 de mayo. Y sigue diciendo: “El gobierno de Colombia y las FARC anunciaron
el viernes un histórico acuerdo parcial en el que la guerrilla se compromete a
romper “cualquier relación” con el narcotráfico, una vez haya acuerdo de paz,
mientras el gobierno promete “intensificar” la lucha contra la corrupción
ligada a ese flagelo en las instituciones”.
Hiede este acuerdo
que festejan Ban Ki-moon e Insulza, concertado en el patriarcado de las narco
guerrillas, Cuba, donde imperan los socios de Pablo Escobar. Es una burla
refinada propia del antro de maldad donde se ha concebido, establece el compromiso
de los guerrilleros de abandonar los narcóticos cuando estén en el poder, mientras
el gobierno asume complicidad en este tráfico, por tener en sus instituciones a
traidores que colaboran con sus enemigos. Les han tomado de mingo, no se puede
negociar a casa del diablo y con delincuentes poderosos que no están dispuestos
a abandonar la fuente de su riqueza. La única manera de lograr que muden de
aptitud, es despojarlos de su fuente de sustentación.
Los carteles de la
droga en Méjico y otros países campean por su respeto, la policía no puede con
ellos y el ejército pasa su sofocón. Las Maras marean en Centroamérica y la ola
criminal no deja resquicio al sur o al norte del Río Bravo, todos con una base
común: “la producción y el tráfico ilegal de drogas”. El problema se generaliza
a toda América y por antonomasia en el mundo, la delincuencia se está
enseñoreando del poder. A través de su riqueza penetran todo tipo de
instituciones, compran, sobornan y a poco están mandando de forma directa o
indirecta; cosa que ya se percibe por el enrarecimiento del estatus quo socio
político.
El daño del
narcotráfico en guerrillas terroristas, corrupción de funcionarios del
gobierno, lavado de dinero, guerra entre bandas, asesinatos, crímenes por
tumbes y otros de los traficantes; así como su secuela asociada de adictos
convertidos en seres inescrupulosos que asaltan, roban o expenden
estupefacientes en las escuelas como medio para sufragar su consumo; o las
víctimas dañinas así mismo y a los suyos; constituyen un mal tan grande, que
supera en muchas veces la lesión que puede generar a la sociedad el consumo de
los adictos despojado de todo lo anterior.
A principios del
Siglo XX la mafia siciliana era exigua en Norteamérica. La prohibición del
alcohol trajo consigo el tráfico ilegal del mismo por la frontera y con ello,
el crecimiento vertiginoso del crimen organizado. “La Cosa Nostra”, amasó una enorme
fortuna durante esta corrida de ilegalidad y con ella, obtuvo gran poder e influencia
en todas las esferas incluido el gobierno. La legalización del consumo de las
bebidas alcohólicas, puso fin al dilema. Hoy sabemos que el alcohol hace daño,
pero es peor prohibirlo, porque el borrachito no mata a nadie más que así mismo.
Estados Unidos ha implementado además varias leyes inteligentes que
desestimulan el consumo de alcohol, al punto de tener el menor consumo per
cápita de América.
Es impostergable
hallar el fin al narcotráfico de forma efectiva y definitiva, que es poner fin
a las guerrillas, a los carteles del tráfico y golpear contundentemente a la
delincuencia en todos sus reductos. La acción policial represiva, ha probado
hasta la saciedad su ineficacia, por tanto es absurdo insistir en tales métodos
donde el gobierno gasta cuantiosos recursos estériles. Y es que, cuando en
numerosas redadas se logra eliminar a mil miembros del narcotráfico, de
inmediato aparecen treinta mil individuos disputándose el ocupar su lugar,
porque “don dinero” es un poderoso caballero al que pocos se resisten.
Las drogas están en
la obscuridad que nos rodea, aupada por los demonios antes mencionado, ganando
más y más terreno, acechándonos, haciéndonos daño cada día que pasa. Esto
continuará empeorando mientras no aceptemos que hay una sola forma de
combatirla de forma eficaz: “despenalizarla, permitir, aunque de forma
controlada, su producción y comercio”. Sería curativo, por paradójico que pueda
parecer, pues se reduciría a un mal menor circunscrito al adicto. La mitad de
los fondos que hoy se dedica a combatirla, sería suficiente para costear
programas efectivos de control y terapia para los enfermos en el vicio.
Si se hace de forma inteligente no crecería el
número de consumidores como muchos creen, porque existen las condiciones para
desestimular este consumo. Se puede imponer medidas como: que para comprarla se
requiriera identificación bajo un programa que controle al consumidor con el
fin de ayudarle, cosa que sería muy útil; prohibir el consumo en público;
delante de menores; para conducir y otras. Las violaciones pudieran sancionarse
con multas o con prisión según la gravedad.
Sin lugar a dudas,
el diablo que asola el mundo con este flagelo, perdería definitivamente tal
recurrencia.
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