sábado, 23 de mayo de 2015

¿ABOGADO DEL DIABLO?


Por Francisco Chaviano González

“ONU y OEA celebran pacto de Colombia sobre drogas” anuncia un titular de El Nuevo Herald publicado el 18 de mayo. Y sigue diciendo: “El gobierno de Colombia y las FARC anunciaron el viernes un histórico acuerdo parcial en el que la guerrilla se compromete a romper “cualquier relación” con el narcotráfico, una vez haya acuerdo de paz, mientras el gobierno promete “intensificar” la lucha contra la corrupción ligada a ese flagelo en las instituciones”.

Hiede este acuerdo que festejan Ban Ki-moon e Insulza, concertado en el patriarcado de las narco guerrillas, Cuba, donde imperan los socios de Pablo Escobar. Es una burla refinada propia del antro de maldad donde se ha concebido, establece el compromiso de los guerrilleros de abandonar los narcóticos cuando estén en el poder, mientras el gobierno asume complicidad en este tráfico, por tener en sus instituciones a traidores que colaboran con sus enemigos. Les han tomado de mingo, no se puede negociar a casa del diablo y con delincuentes poderosos que no están dispuestos a abandonar la fuente de su riqueza. La única manera de lograr que muden de aptitud, es despojarlos de su fuente de sustentación.

Los carteles de la droga en Méjico y otros países campean por su respeto, la policía no puede con ellos y el ejército pasa su sofocón. Las Maras marean en Centroamérica y la ola criminal no deja resquicio al sur o al norte del Río Bravo, todos con una base común: “la producción y el tráfico ilegal de drogas”. El problema se generaliza a toda América y por antonomasia en el mundo, la delincuencia se está enseñoreando del poder. A través de su riqueza penetran todo tipo de instituciones, compran, sobornan y a poco están mandando de forma directa o indirecta; cosa que ya se percibe por el enrarecimiento del estatus quo socio político.

El daño del narcotráfico en guerrillas terroristas, corrupción de funcionarios del gobierno, lavado de dinero, guerra entre bandas, asesinatos, crímenes por tumbes y otros de los traficantes; así como su secuela asociada de adictos convertidos en seres inescrupulosos que asaltan, roban o expenden estupefacientes en las escuelas como medio para sufragar su consumo; o las víctimas dañinas así mismo y a los suyos; constituyen un mal tan grande, que supera en muchas veces la lesión que puede generar a la sociedad el consumo de los adictos despojado de todo lo anterior.

A principios del Siglo XX la mafia siciliana era exigua en Norteamérica. La prohibición del alcohol trajo consigo el tráfico ilegal del mismo por la frontera y con ello, el crecimiento vertiginoso del crimen organizado. “La Cosa Nostra”, amasó una enorme fortuna durante esta corrida de ilegalidad y con ella, obtuvo gran poder e influencia en todas las esferas incluido el gobierno. La legalización del consumo de las bebidas alcohólicas, puso fin al dilema. Hoy sabemos que el alcohol hace daño, pero es peor prohibirlo, porque el borrachito no mata a nadie más que así mismo. Estados Unidos ha implementado además varias leyes inteligentes que desestimulan el consumo de alcohol, al punto de tener el menor consumo per cápita de América.

Es impostergable hallar el fin al narcotráfico de forma efectiva y definitiva, que es poner fin a las guerrillas, a los carteles del tráfico y golpear contundentemente a la delincuencia en todos sus reductos. La acción policial represiva, ha probado hasta la saciedad su ineficacia, por tanto es absurdo insistir en tales métodos donde el gobierno gasta cuantiosos recursos estériles. Y es que, cuando en numerosas redadas se logra eliminar a mil miembros del narcotráfico, de inmediato aparecen treinta mil individuos disputándose el ocupar su lugar, porque “don dinero” es un poderoso caballero al que pocos se resisten.

Las drogas están en la obscuridad que nos rodea, aupada por los demonios antes mencionado, ganando más y más terreno, acechándonos, haciéndonos daño cada día que pasa. Esto continuará empeorando mientras no aceptemos que hay una sola forma de combatirla de forma eficaz: “despenalizarla, permitir, aunque de forma controlada, su producción y comercio”. Sería curativo, por paradójico que pueda parecer, pues se reduciría a un mal menor circunscrito al adicto. La mitad de los fondos que hoy se dedica a combatirla, sería suficiente para costear programas efectivos de control y terapia para los enfermos en el vicio.

 Si se hace de forma inteligente no crecería el número de consumidores como muchos creen, porque existen las condiciones para desestimular este consumo. Se puede imponer medidas como: que para comprarla se requiriera identificación bajo un programa que controle al consumidor con el fin de ayudarle, cosa que sería muy útil; prohibir el consumo en público; delante de menores; para conducir y otras. Las violaciones pudieran sancionarse con multas o con prisión según la gravedad.

Sin lugar a dudas, el diablo que asola el mundo con este flagelo, perdería definitivamente tal recurrencia.



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